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sábado, enero 26, 2008

El hechizo, I parte

Todas aquellas palabras que en su época fueron escritas bostezaban perezosamente a medida que Roberto las despertaba. Sin embargo, algunas se resistían a restregarse los ojos como las demás y permanecían dormidas, probablemente para siempre, a no ser que quedase algún otro viejo erudito oculto dispuesto a abandonar el anonimato y traducírselas al apuesto profesor de la facultad de Historia. "Bah" pensó "por media docena de palabras no pasa nada".

Roberto empujó su escritorio nuevo para hacer sitio, colocó su flamante papelera metálica en el centro del despacho, la rellenó con hojas arrugadas arrancadas de esas novelas románticas que NADIE debía saber que consumía con delectación, cerró las persianas, apagó las luces, encendió una mini hoguera mágica, sagrada, mística, espiritual, pagana, oculta, sacó un espejito, comprobó que bajo los rojizos fulgores de las llamas su rostro era la viva imagen de la pasión, que ninguna mujer ni ningún homosexual en su sano juicio podrían contemplarlo sin desfallecer de amor y lujuria, sonrió satisfecho, se atusó el pelo, pronunció las palabras mágicas y empezó a estremecerse levemente de pura emoción mal contenida, tal era su ansia de comprobar el efecto del Hechizo Para Triunfar. *

La papelera empezó a vibrar, saltar y eructar para finalizar con un gran pedo que lanzó llamaradas en varias direcciones, convirtiendo el despacho en una bola de fuego. Roberto salió gateando bajo el humo como pudo. Tenía que apagar eso antes de que alguien fuera a darse cuenta.

Continuará

* Quería hacer una sola frase muy larga para que viérais lo guay que soy, pero una aliteración cacofónica rompe el efecto de perfección, era sólo para que no os muriérais de envidia.
Yo también soy cuentacuentos

sábado, noviembre 17, 2007

Los días después


El camino era tan estrecho... tan difícil de seguir sin meter la pata... Viéndola ahí tendida, tan hermosa, con una media sonrisa aparentemente confiada, a Dani se le hacía difícil no levantarse de la silla, tumbarse a su lado, besarla, acariciarla, desnudarla... placer que había esperado pacientemente, "hasta que me sienta preparada", como había dicho ella.
- ¿En qué piensas? Te has quedado empanado- sonrió la chica.
- En... en que eres muy guapa, ¿sabes?
La sonrisa se acortó. Dani bajó la cabeza abatido. La muchacha se levantó y, mientras lo abrazaba, susurró:
- Tendría que haber sido contigo...
El chico tragó saliva. Todo le venía demasiado grande. Sin llegar a entender del todo cómo se había ligado a esa chica tan bonita, las semanas fueron pasando y su suerte se vio confirmada: estaban saliendo, se querían, iban a perder la virginidad juntos cualquier día de estos... y un cerdo la había abordado en la calle cuando iba a recoger a su hermano, arrastrado a un parking y violado sin más entre los coches aparcados. A su niña, la de la sonrisa turbadora, las pecas traviesas y el pelo suave... dios, seguro que aquel hijo de la gran puta no se había fijado en nada de eso, la habría reducido a un coño, sin más. Lo que tenía que ser bonito se había vuelto brutal, y Dani no sabía arreglarlo. Desde entonces había ido con pies de plomo, porque ella no era ni mucho menos la misma. A veces lo abrazaba, pero cuando él intentaba hacer lo propio se estremecía, se volvía ausente, él se asustaba también y acababan pasando a hablar de cualquier chorrada.
Allí seguía, abrazada a él. Ahora venía cuando le devolvía el abrazo y se apartaba y... no, no le daba la gana que volviera a ser así. Dani apoyó el brazo con decisión, sin soltarla cuando intentó zafarse. Lo miró desencajada y preguntó:
- ¿Por qué me haces esto?
- ¡Mírame! Que soy yo, Dani, el de siempre. Te quiero, joer, y quiero abrazarte, quiero estar contigo en todo esto. Me siento gilipollas, ¿vale? seré un crío, ya lo sé, pero por favor...
- Perdona...
Dani aflojó un poco el brazo.
- Si tú me abrazas, ¿por qué no puedo abrazarte yo?
Esta vez no se apartó.
- Tendría que haber sido contigo...- musitó.
- Conmigo...- repitió distraídamente Dani mientras hundía los dedos en los rizos que tanto añoraba -. Tu gilipollas está aquí.
La chica soltó una risilla y la sonrisa dejó de ser un simple esbozo. Por fin el camino se ensanchaba.

domingo, julio 08, 2007

Why are you crying, my angel?

Los hombros del ángel se estremecían mientras lloraba. Una lágrima nació en sus ojos azules, resbaló por su mejilla y se precipitó en los labios de la joven que yacía entre sus brazos, como si del beso que nunca llegó a darle se tratase. Pero ella ya no podía beber las gotas que la habrían salvado.


El ángel se limpió la nariz con la manga y suspiró, tratando de serenarse. Recordó cuando le asignaron ese bebé de pocos minutos de vida. Nunca había visto criatura más hermosa. Desde ese preciso instante, se enamoró de la niña sin remedio, jurando protegerla de cualquier amenaza con cada partícula de su ser. Así, la detenía cada vez que, atolondrada, se arrojaba delante de los vehículos en marcha, sustituía los alimentos en mal estado por otros frescos y distraía a los perros que pudieran morderla.


La niña creció y se convirtió en una muchacha radiante como un vidrio al sol. El ángel no cabía en sí de dicha cada vez que la veía sonreír. Por las noches, aprovechaba el sueño de la joven para rozar tiernamente sus labios con una de sus plumas. A veces le dolía pensar que su condición jamás permitiría que se encontrasen en esta vida, pero por lo menos así podía protegerla de todo mal.


Menos de uno.


Los días pasaban y la chica siempre estaba sola. Al principio no le importaba, después pasó a sentir una leve inquietud que no sabía identificar y al final la desesperación se apoderó de sus noches. El ángel sólo podía morderse la lengua con impotencia cuando la veía llorar creyendo que nadie la quería. Cada vez que entre sollozos suplicaba una caricia, él le habría dado cien abrazos, cien abrazos que en la práctica no eran más que un soplo imperceptible para la pobre muchacha. El calorcito de su corazón fue esfumándose lentamente, hasta que una madrugada el frío se apoderó de ella.


Una nueva lágrima cayó sobre el rostro inerte de la joven. Su condición de ángel le había permitido protegerla de todo mal, menos de uno: la desesperanza.

Yo también soy cuentacuentos

lunes, julio 02, 2007

Wilson

La mirada que le devolvió el espejo no era la suya, o tal vez sí, él no veía tanta diferencia...

El niño frunció el ceño mientras se apartaba del cristal. Antes de dejar el orfanato de Los Cerros, le habían dicho que nada volvería a ser igual, que su nueva vida iba a ser totalmente distinta y mucho mejor y que tendría papá y mamá otra vez ("¿pero no estaban muertos?"). Después habían aparecido unos desconocidos muy sonrientes que traían regalos y le daban abrazos. Al principio se sintió desconcertado, luego se encogió de hombros y se dejó mimar. Un día, los desconocidos se lo llevaron. Él lloró, todavía no tenía claro por qué esa pareja de pelo amarillo decía que eran sus padres cuando él recordaba perfectamente la negra trenza de mamá y los risueños ojos marrones de papá. Tampoco quería separarse de Sor Teresa, que cada noche lo sentaba en su regazo para contarle un cuento. No le gustaban los cuentos de la mujer rubia, eran raros y estaban salpicados de palabras que él no entendía. Sin embargo, tanto el hombre como la mujer lo tomaban en brazos, le daban besos y le hacían cosquillas, y eso sí le gustaba.

Lo más raro de todo es que al parecer había dejado de ser Wilson Javier Mendoza Pacheco. Ahora se había convertido en Alberto, Alberto Muñoz, "como su padre". Pero el niño del espejo era el mismo de siempre, el Wilson de toda la vida. Como mucho llevaba el pelo un poco más largo, ¡eso no era suficiente para tener cara de Alberto!

Salió al pasillo profundamente inmerso en sus cavilaciones, tanto que no vio que su madre se acercaba. La mujer dio un traspiés y tuvo que aferrarse al marco de la puerta.

-¡Ay, casi tropiezo contigo, no te había visto!- rió mientras lo alzaba cariñosamente del suelo. El niño le devolvió la sonrisa. A pesar de lo raro que era todo, no se estaba mal.

Nada mal.

Dedicado al nuevo hermanito de Laura, quien además ilustra esta entrada ;-P

Yo también soy cuentacuentos

miércoles, junio 13, 2007

Una mañana tediosa

El gatito correteó juguetón entre sus piernas. Mauricio le dio un pequeño empujón con el pie, pero el animalito no pareció captar el mensaje y siguió mordiendo la desgastada sandalia del viejo. El hombre se agachó con cierta dificultad, cogió la gimiente criatura en su arrugada mano y la fue a dejar al patio trasero de la tienda, en donde sus hermanitos maullaban y se revolcaban en el polvo.

- Deberías cerrar la puerta- dijo una voz cansada a sus espaldas.

- Me gusta ver los gatos- replicó sin girarse. La mujer no dijo nada y se marchó.

Mauricio se sentó pesadamente tras el mostrador. Tal vez Elvira tenía razón, tal vez no sólo había que cerrar la puerta del patio para evitar que entrasen los gatos, sino también la delantera para que la pobreza no pudiera terminar de cruzarla y amargar los años que les quedaban. "Me gusta mi trabajo" pensó. Sin embargo, al cerrar los ojos podía ver con toda precisión cada una de las joyas de las vitrinas de la tienda, inmóviles desde hacía tiempo. Rara vez alguna de ellas abandonaba su pequeño pedestal de raso. Atrás habían quedado los años en que los jóvenes compraban anillos para sus novias con ojos soñadores. Ahora casi no quedaba juventud. Todos se iban a la ciudad. Como Rosana.

El anciano joyero abrió un cajón. Allí estaba, pequeño y brillante, el corazón que anhelaba ver prendido del cuello de su nieta. Con gran cuidado, lo sacó y sonrió gozoso al imaginarlo sobre la suave piel de la muchacha. "La próxima vez que venga, se lo doy. La próxima vez..."

- ¿Qué tienes ahí, viejo?

Mauricio levantó la cabeza sobresaltado. Una mirada torva y ansiosa recibió su gesto. Antes de darse cuenta, el hombre lo tenía atrapado en un abrazo de hierro.

- ¿Dónde está la caja?

- En la caja no hay na...

Una hoja de acero cortó las palabras del viejo. Elvira entró en la tienda a tiempo de ver cómo su marido se desplomaba. El ladrón lanzó una maldición mientras pateaba el cajón de la caja, que rodó vacío por el suelo. Alzó la vista y se encontró con los ojos helados de la anciana. Con un rugido salvaje, la apaleó hasta que dejó de gemir. Entonces, y sólo entonces, miró en derredor. Mauricio yacía sobre las baldosas mojadas, los morados empezaban a formarse bajo la blanca piel de Elvira. El cuchillo se le cayó de las manos. Y huyó.

El gatito que correteaba hacia la puerta se detuvo en seco. Esta vez no se atrevió a entrar.
Yo también soy cuentacuentos

lunes, marzo 19, 2007

De momento sin título, (I)

Os pido perdón a todos por no haber dado señales de vida en tanto tiempo. Mi cabeza ha estado demasiado ocupada durante las últimas semanas. Aún así, tenía la idea para el relato que debería haber publicado 15 días atrás y no he querido renunciar a ella, por eso subo hoy la primera parte, aunque sea un pelín tarde. Y no, no es ninguna maravilla, pero bueno, tiempos e ideas mejores vendrán.
Ahí va:
Apenas dos días después de mi cumpleaños, él me dejó. Qué disgusto tan grande. Me había acostumbrado a aferrarme a sus brazos mientras él rodeaba mi cuerpo con ellos. Yo acariciaba el abundante vello rubio hasta que se me cerraban los ojos. “Mi osito”, lo llamaba yo. Y mi osito prometía que cuidaría de mí para siempre, lo cual me llenaba de gozo.
Hasta que apareció ese puto inglés... ¿Dylan, se llamaba? No me acuerdo, creo que sí. Con esos ojitos azules algo caídos, la boquita lastimera, la piel de cashmere... se se se. Dylan era más guapo, más fino, más dulce, más todo que yo. Y mira que trataba de afeitarme dos veces al día para tener carita de bebé, ¿eh? Pero unas infames hebras negras emergían de mis mejillas con la fuerza de un tren en marcha arruinando cualquier sueño de delicadeza. De todos modos, supongo que mis articulaciones nudosas y las marcas de acné en mi cara tampoco ayudaban. O simplemente se cansó de mí porque sí. Yo qué sé. Yo qué sé. Yo qué sé...
..........................
- Pero Darío, no puedes seguir así, hombre.
- ¿Te crees que me gusta?
- Vaaaaa. Fue una putada, de acuerdo, pero ya pasó. Ahora tienes que salir, divertirte... no sé. ¿Por qué no te vienes a la fiesta de Salva?
- Uuuuuffff.
- Vamos, se alegrará de verte. Ha preguntado por ti.
La verdad es que Robe se estaba portando la mar de bien. Sin embargo, no estaba yo para fiestas, y menos de cumpleaños, cuando hacía menos de dos meses que había celebrado el mío con Sandro sin siquiera sospechar que un par de días más tarde estaría solo. Aún así, su sonrisa y su mano sincera en mi hombro lograron convencerme.
Continuará
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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
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lunes, febrero 26, 2007

El prisionero (II)

Quería poner un "player" al final de la entrada con "Gethsemane" de Nightwish o "Full moon" de Sonata Arctica, pero como siempre lo dejo todo para el final, no me han activado la cuenta a tiempo. Así que si alguien tiene estas canciones, que se las ponga bajito para leer ;-) En cuanto pueda y me decida colocaré alguna de las dos. Sin más dilación, la 2ª parte de "El prisionero".
- Mercedes, oh, Mercedes, si pudiera contemplar vuestra luz una vez, sólo una vez, para aliviar mi eterna condena... mas sé que eso nunca podrá ser, pues con toda seguridad habréis muerto hace ya mucho tiempo.
Francina se conmovió ante el dolor que desprendían tales palabras. Como si la voz no quisiera dejar lugar a dudas, el siguiente lamento se perdió entre sollozos. Venciendo su miedo, la joven avanzó unos pasos. Sólo entonces pudo distinguir la figura de un hombre que atisbaba entre los oxidados barrotes. Absorto como estaba en la contemplación de un velero que navegaba frente a ellos, no la vio hasta tenerla muy cerca. Entonces dio un respingo y se sumergió en las tinieblas del fondo de la cueva. Francina se situó frente a la entrada de la misma.
- ¿Qué haces ahí dentro?
La voz tardó un rato en contestar. La muchacha se dio cuenta de que estaba tratando de recuperar la compostura antes de presentarse. Finalmente, llegó como en un hilillo:
- ¿No me tenéis miedo?
Francina sonrió.
- Para nada. Al contrario, te busqué un millón de tardes y sólo la noche ha podido traerte.
El hombre se acercó a la boca de la cueva. Sus ojos expresaban un ansia difícil de describir y las lágrimas recién vertidas habían trazado líneas claras en la suciedad de su rostro.
- Perdonadme.
Francina lo miró con dulzura y dijo:
- No sé por qué estás tan triste, pero me imagino que el motivo debe ser muy importante. No tengo nada que perdonar.
El hombre se relajó un poco y suspiró:
- No os podéis imaginar hasta dónde llega mi desesperación.
- ¿Qué te pasó?
Tras una serie de titubeos, el prisionero le relató los pecados cometidos y cómo fue capturado. Describió su angustia al saber que iba a ser conducido a la celda de las rocas y cómo transcurrieron sus últimas horas:
- Veía subir la marea y sabía que no tenía escapatoria alguna. De las piernas al ombligo, del ombligo al pecho... Pensaba en Mercedes y en cómo lo había echado todo a perder por mi estupidez. Recuerdo que cuando salió la luna, el agua me llegaba hasta la boca. Rogué que el final llegara pronto, mas la marea es tan implacable como lenta. Al final, mi aliento se apagó y creí que el descanso había llegado para mí. No fue así. Por algún motivo que desconozco, desde entonces he regresado noche tras noche para revivir la agonía de mis últimos momentos.
Francina escuchaba cautivada.
- En ocasiones es como aquella vez, puedo morirme viendo la luna. Otras veces la luna está oculta. Entonces pienso en Mercedes y su luz me envuelve mientras la oscuridad me arrastra a su reino. Qué digo, siempre pienso en Mercedes.
"No sé si ella llegó a saber qué había sido de mí. Mil veces me mortifico pensando en que se marchitó esperándome, y otras mil lo hago imaginándola en brazos de otro hombre. Ya la amaba cuando lo tenía todo, ahora es lo único que me queda.
"Las infinitas noches en que reviví mi muerte no parecieron ser suficiente castigo. Con el tiempo, las mareas cambiaron y se volvieron casi imperceptibles.
- Construyeron un puerto nuevo y desviaron parte de las aguas, tal vez sea por eso.
- Tal vez. El caso es que ahora mis noches no se acaban con la salida de la luna. El dolor se prolonga durante horas, hasta que un atisbo de sol asoma en el horizonte. Mas cuando empiezo a vislumbrar la luz, mi conciencia se desvanece y vuelvo a aparecer aquí la noche siguiente.
- ¿Nunca te ha encontrado nadie antes?
- En dos ocasiones. Una vez, un pescador se asustó y salió corriendo. La segunda fue muchos años, siglos quizás, después. Unos muchachos me estuvieron tirando piedras. Eso fue todo.
La mirada del hombre se estaba volviendo vidriosa por el dolor. Francina no sabía qué decir, se sentía inútil y pequeña ante tanto sufrimiento. Por eso, mantuvo la boca cerrada y se limitó a alargar una mano hacia la cara sucia. El prisionero se estremeció al notar el contacto de los cálidos dedos, que torpemente recorrían los contornos de su rostro. La muchacha transformó su expresión consternada en una de ternura que el prisionero bebió con avidez. Entonces, su piel pasó de cerúlea a transparente; sus ojos, de piedra a resplandor y su alma, de tempestad a calma.
Y desapareció.

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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
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domingo, febrero 25, 2007

El prisionero (I)

Bueeeeno, después de oír varias voces insistentes me he decidido a escribir mi primer texto de ficción no audiovisual en años. Por eso os pido comprensión, aunque cualquier crítica constructiva será bienvenida. Como es un pelín largo, la segunda parte saldrá mañana lunes por la noche. Ahí va el inicio de "El prisionero":
El silencio de la noche fue su aliado durante todos aquellos años. Cuando el bullicio del día se calmaba, cuando las situaciones no vividas durante las horas previas podían ser saboreadas en sueños, cuando el mundo real dejaba de tener sentido, sólo entonces despertaba Francina. Las horas de luz eran para ella una sucesión de obligaciones sin más horizontes que mantener en marcha su mediocre humanidad. Sólo al caer el sol podía sentirse especial, ya que era el momento en que los insípidos se dedicaban a dormir a pata suelta. Tontos. Lo mejor de la existencia se abría ante sus narices con una exhuberancia casi obscena, y ellos preferían sepultarse entre gruesas mantas y cerrar los ojos a las bellezas del mundo. Los ruidos superfluos morían, las distracciones banales quedaban veladas por la sabia oscuridad y llegaba el momento de despojarse de mortajas para respirar frescura con avidez.
El silencio y la calma podían contribuir a sedar las inquietudes y preparar su alma para volar, pero conllevaban el inconveniente de dificultar las acciones supuestamente indebidas. Al menos a Francina, cuyos movimientos no eran precisamente gatunos, le costaba escurrirse de casa sin despertar a su familia, que evidentemente se habría horrorizado ante la idea de que su hija pequeña se dedicase a vagar por los acantilados en la oscuridad. Sin embargo, la joven no tardó en desarrollar un sistema que le permitiese dejar atrás la dormida casita blanca y caminar por las rocas que enmarcaban el mar. Cada vez que salía al caminito que unía su jardín con el agua, la belleza de la noche la abofeteaba sin piedad. La misma luna que trazaba senderos etéreos en el mar iluminaba tenuemente las piedras, permitiéndole ver dónde metía el pie.
Y fue así, en una de sus múltiples caminatas nocturnas, cómo conoció al prisionero.
Cerca de su casa había una cueva cuya entrada estaba cerrada por unos pesados barrotes de hierro. Por su aspecto, se diría que llevaban siglos allí. En cierta ocasión, siendo ella una niña, Tomeu le había explicado que esas pequeñas cavernas naturales habían sido utilizadas a menudo como prisión para los piratas. Después de aquello, la nena había bajado múltiples tardes a la antigua cárcel. Aferraba sus pequeñas manos a los gruesos barrotes y oteaba al interior... no sin cierto miedo de que sus ojos se encontrasen con las cuencas vacías de una calavera. Sin embargo, ni calaveras ni esqueletos, ahí el único muerto era la propia cueva. Al final, había desistido, decepcionada ante la aplastante realidad de la vida. Por eso, cuando esa noche sus pies la condujeron a las inmediaciones de la cavernita, sólo la casualidad quiso que así fuera. Sin embargo, en ese instante un lamento quebró la noche y se detuvo a escuchar, dudando de si debía acercarse o no.
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